¿El séptimo sentido? Emoción y Moda

Andreea LeonteEmoción y ModaLeave a Comment

JAREL FW 19 20 VOLTEM MAGAZINE1 1 - ¿El séptimo sentido? Emoción y Moda

Estas delante de un escaparate y observas un jersey precioso, muy de tu estilo. Decides comprarlo sin probar, porque es el único que queda y además de tu talla. Ya has comprado muchas prendas sin probar y siempre acertaste. Cuando llegas a casa te lo pones y en el espejo te queda perfecto, pero tú te sientes extraño. Tu familia opina que te queda genial, pero aun así sientes que no encaja contigo. ¿Por qué pasa eso? Lo descubrimos en el siguiente artículo de Lucia Ruggeronne, titulado “The feeling of being dressed: affect studies and the clothed body” (2016).

La moda, limitándonos aquí a la ropa, existe por y para las personas, por lo que es un campo que implica sobretodo aspectos sociológicos y culturales, sin restar importancia a todo el proceso creativo que supone. Al igual que con otros objetos y personas, nos relacionamos con la ropa. Esta relación se ha analizado a través de estudios sociológicos especialmente en términos de moda e identidad, con el foco en como las personas utilizan la ropa para representarse a sí mismos y ante los demás. Es un campo poco explorado y el análisis de estas relaciones se ha enfocado mayoritariamente en los aspectos más racionales (p. ej. el diálogo interno o con otras personas para decidir si elegir una prenda u otra), dejando de lado las sensaciones, las emociones, lo implícito. Lo que la autora propone es acercarnos también a ese lado sensitivo de nuestra relación con la ropa, lo que ella llama “la sensación de sentirse vestido”.

Revisando las contribuciones sociológicas en el estudio de la moda y la identidad, tanto los sociólogos clásicos como los contemporáneos han analizado este tema desde una macro perspectiva, como clase, género, raza y estatus, hasta análisis a un nivel más micro, considerando la ropa como una propiedad más de los actores de una sociedad.

Entre los clásicos, encontramos al filósofo Georg Simmel, que fue uno de los primeros en entender la importancia de la moda en la organización de la sociedad. También fue el primero en analizar las relaciones entre personas y vestimenta como un rasgo de la cultura moderna. Este filósofo considera que lo destacable de la sociedad moderna es una prevalencia de lo objetivo y de habilidades racionales, que ganan terreno a la vez que se difuminan las habilidades emocionales. Este enlentecimiento del desarrollo emocional hace que las personas, en el mundo moderno, se sientan distanciadas de sí mismas y de la vida como un todo.

Simmel defiende que la cultura de la objetividad genera una barrera entre uno mismo y su autenticidad (subjetiva), generando un deseo urgente de conectarlos. Y es aquí donde aparece la moda, como una oportunidad de sentirnos auténticos, pero que no consigue cumplir ese fin. La moda simplemente es una parte más de la cultura objetiva y las relaciones de las personas con la ropa están mediadas en última instancia por el intelecto. Por tanto, la fascinación de las personas con la moda lo único que ofrece, es un traje para la ansiedad, un estado que genera esa desconexión de la vida como un todo o de aquello que llamaríamos vitalidad.

Fred Davis es la figura que representa una continuidad en la visión de Simmel en el siglo XX. Destaca que el rol principal de la moda en lo social es de mediadora entre términos contradictorios o ambiguos de la identidad. Específicamente,  los términos contradictorios se dan en el género, el estatus y la sexualidad.  Considera que cuando los sujetos eligen la ropa que se van a poner, lo que intentan es conseguir una síntesis entre preocupaciones sobre la identificación de uno mismo con un género u otro, con la pertenencia a una clase o grupo social y con una mayor o menor expresión de su sexualidad.

Otras figuras contemporáneas, como Joanna Finklestein, defienden que la identidad implica múltiples yoes y roles sociales, que uno elige adoptar o que emergen en el escenario social. La identidad, en este caso, no necesita la moda para manejar contradicciones. La necesita para reforzar la imagen de cada rol social porque, en el día a día, la apariencia física se interpreta como la expresión del carácter y del nivel económico/educacional de los actores. Por lo tanto, la vestimenta está al mismo nivel que otras herramientas que utilizamos y variamos según el rol social, como el tono de voz, el lenguaje corporal, estilo personal, etc.

Por lo tanto, hasta finales del siglo XX, el discurso predominante sobre las relaciones entre personas y ropa se ha basado en el dualismo cartesiano. Las personas son mentes que adornan su cuerpo con ropa, para ofrecer al mundo una imagen elegida de manera racional. El siguiente paso fue llevar la atención al cuerpo, como un aspecto crucial del yo (embodiment), como una frontera entre naturaleza y cultura, siguiendo dos líneas. Por un lado, el cuerpo como un pergamino, en el cual la ropa es el discurso de la sociedad (teorías sociolingüísticas). Por otro lado, el cuerpo como contenedor de la identidad y como una herramienta para venderse a sí mismo (perspectivas del cuerpo como un proyecto).

El avance en el entendimiento de las relaciones entre personas y vestimenta se basaría, según Ruggerone, en tener en cuenta la capacidad del cuerpo para sentir afecto. El afecto, en este caso, es la capacidad del cuerpo de formar relaciones específicas con otros cuerpos humanos o no humanos. Se dan encuentros en movimiento continuo que generan un cambio en el cuerpo. Lo que posteriormente emerge a la consciencia son las emociones, a las cuales les ponemos un nombre.

¿Pero qué nombre le ponemos a la sensación de meterse en una bañera con agua caliente, a caminar por un bosque o por la ciudad? ¿O al ponernos nuestra camiseta favorita? Lo que nombramos después de una acción así no es el afecto per se. Esos nombres posteriores fallan en definir “la sensación exacta de lo que está pasando”. Para entenderlo mejor, volvemos al ejemplo inicial. No te gusta nada como “te sienta” ese jersey. Hasta puede que te deje de gustar la prenda en sí. Podríamos pensar que hubo un proceso de decisión en el cual te miraste al espejo y no te gustó la imagen. Lo que Ruggerone plantea es que si, en cambio, lo vemos como un encuentro entre persona y prenda, donde se intenta establecer una relación o un vínculo (un afecto), ese intento ha fallado. La “sensación de sentirse vestido” ha producido un resultado negativo, una emoción posterior, que probablemente será de disgusto. Si te pones ese jersey la próxima vez que salgas, es posible que te genere preocupaciones, dudas, etc., en palabras de Ruggerone disminuye tu poder para ser y, en términos menos abstractos, para la actividad social a la que ibas. Y este concepto de poder o energía se entiende mejor cuando pensamos en lo opuesto: las veces que nos ponemos ciertas prendas o accesorios que hacen sentirnos más seguros de nosotros mismos.

En definitiva, se plantea la necesidad de un cambio de paradigma en el estudio de las relaciones entre personas y moda, que pueda explicar adecuadamente la gran cantidad de situaciones en las cuales la elección de la vestimenta parece ser un proceso mucho más automático y emocional de lo que se ha planteado hasta ahora. Es importante porque se destaca que las relaciones de las personas con la vestimenta difieren bastante de las relaciones con otros objetos que poseen. Se plantea la posibilidad de que la ropa sea algo que provoca un cambio en cómo nos sentimos, mucho más que otros objetos, como un coche o un mueble nuevo. No obstante, Ruggerone reconoce que para medir la “sensación de sentirse vestido” se presentarían muchas dificultades por su carácter inesperado, además de pre-cognitivo. Y, aunque haya cada vez más avances en el campo de las neurociencias que permitan tales estudios, a nivel sociológico las posibilidades de medición disminuyen de manera importante.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *